sábado, 16 de febrero de 2013

GRANDES PELEAS - SUGAR RAY ROBINSON vs. JAKE LAMOTTA, parte II (1951)

Sugar Ray Robinson Jake Lamotta




SANGRIENTO SAN VALENTÍN





Sugar Ray había resultado exitoso de sus dos primeras defensas a su nuevo reinado en la categoría media. Y la tercera exposición del título se produjo el 14 de febrero de 1951 y enfrente tendría, por sexta vez, a "Sugar" Ray Robinson, convetido, ya, en leyenda viva del deporte.


En el pesaje previo, Robinson enseñó sus músculos y se bebió de un trago un vaso de sangre de toro. Era su manera de decirle al mundo lo fuerte que se sentía y como iba a aplastar a Lamotta en la noche siguiente. Y la verdad es que los nueve primeros asaltos no dijeron mucho a favor de Robinson quien rehuyó el cuerpo a cuerpo y se dedicó a bailar alrededor de Lamotta sin apenas castigar su rostro. 

Fue en el décimo asalto donde comenzó la épica. Lamotta, harto de esperar un ataque para pasar al contraataque, se fajó en cuerpo de Robinson hasta hacerle caer al suelo. Parecía que el campeón iba a retener su título que las fanfarronadas de Robinson en la previa no eran más que ínfulas de un tipo subido en una nube. Pero Ray Robinson no era un boxeador cualquiera, era el mejor. Saltó enrabietado de su taburete cuando sonó el gong que daba inicio al undécimo asalto y se cebó con todas sus ganas en el rostro de Lamotta quien comenzó a manar sangre como si de una fuente se tratara. La gente aterrorizada ante aquel dantesco espectáculo, prefería tapar los ojos y gritarle a Lamotta que se tumbase; era imposible que aguantase en pie un castigo así. Pero Lamotta aguantó los tres minutos del undécimo asalto y desoyendo los consejos de su esquina, se puso en pie para disputar el duodécimo parcial. 

En lo que aún hoy se recuerda como el asalto más sangriento de la historia del boxeo, Robinson castigó la cara de Lamotta hasta casi desfigurarlo, pero Lamotta, lejos de caer, incitaba a Robinson para que no cejase en el castigo. "Vamos, Ray, ven aquí, veamos si eres capaz de derribarme, vamos", le espetaba. Y Robinson fue, y siguió pegando y pegando hasta que el árbitro se interpuso entre ellos y puso fin a la carnicería. Levantó los brazos del nuevo campeón y le mostró al mundo las virtudes de un boxeador inigualable. Los asistentes se agolparon sobre la esquina de Lamotta, pero Jake era demasiado orgulloso como para dejarse amedrentar por una veintena de golpes, se zafó del mundo, buscó a "Sugar" Robinson y le gritó tan alto que incluso el pabellón quedó en silencio. "Oye, Ray. No me has derribado. 

Jamás me vas a derribar". Jamás volverían a enfrentarse y Lamotta jamás volvió a ser un boxeador lo suficientemente fiable como para otorgarle la esperanza de optar al campeonato del mundo.

Cuando, el día catorce de febrero de 1951, "Sugar" Ray Robinson y Jake Lamotta subieron al ring para enfrentarse por sexta vez, ambos sabían que aquel no sería un combate más en sus carreras. Las gradas del estadio Olympia de Detroit estaban alborozadas, no quedaba un asiento libre y los espectadores clamaban por ambos boxeadores como si el mundo se dividiese en dos: el bien y el mal; Robinson y Lamotta. Lamotta, el mejor perdedor de la historia, era el campeón, y Robinson, el mejor boxeador del peso medio, era el aspirante. Un combate a vida o muerte, una enésima revancha y en juego, más allá de un cinturón de campeón del mundo, había un orgullo, una reputación y un lugar escrito en oro en el libro de la historia del boxeo.


Los ojos de Robinson bebían sangre. Era un boxeador ambicioso, imparable en el mano a mano, rápido, estilista, vistoso, un espectáculo para los aficionados. Los ojos de Lamotta bebían odio. Igual que Rocky Graziano, Lamotta estaba marcado por el odio; había llorado lágrimas de sangre, había sudado un mar de lágrimas y había vivido más vidas que un gato. Se miraron a los ojos, se odiaron con la mirada y esperaron en el rincón el momento del gong. La campana marcaría para siempre sus destinos.

Robinson sabía que era mejor boxeador que LaMotta, dominaba los combates y sabía imponer su estilo de boxeo. 

Pero en todos y cada uno de sus enfrentamientos ante ‘El Toro del Bronx’ se había impuesto a los puntos sin ser capaz de noquear a un hombre que, cuanto más castigo recibía, más se crecía. Robinson asumía la fortaleza sobrenatural de su rival y después de su cuarto combate lo hacía público ante la prensa con cierta resignación cristiana: ‘¿Qué puedo decir de él? Le pego con todo y se queda ahí, tan tranquilo. Es único’. LaMotta, que peleó hasta seis veces con ‘Sugar’, definió con precisión sus enfrentamientos: "Él era el mejor púgil de todos los tiempos". "He peleado tantas veces contra Ray ‘Sugar’ que no sé cómo no tengo diabetes’ concluyó, con ironía.


Clip - fragmento de la pelea:

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